miércoles, 12 de septiembre de 2007

Metamorfosis

Antes de abrir los ojos ya sentía un sabor raro en mi boca, en mi piel. Luego de un momento me di cuenta que no podía respirar, y con mis manos escarbé hacia arriba, hasta encontrar la superficie. Sorprendentemente, no me fue difícil llegar a la superficie, como si nuevas fuerzas se hubiesen instalado en mi luego de un largo descanso. Después de unos segundos abrí los ojos, para encontrarme con la figura de una mujer. Sus ojos penetrantes observaban maliciosamente, y una sonrisa insana se dibujaba en su rostro, en el momento preciso en que comencé a sentir que me ahogaba. "No intentes respirar, ya no lo necesitas" exclamó entre risas aquella criatura, de piel extremadamente blanca. "¿Te gustan los jazmines? Yo planto jazmines, pero siempre mueren... todo lo que pongo en la tierra se muere" exclamó con voz melancólica. De pronto, sentí una furia arrolladora, y una sensación de hambre se apoderó de mi. Mis dientes me dolían, y la tierra ya no tenía sabor. Ella acercó a un niño, tal vez de unos diez años, que tenía sujeto por el cuello. La criatura lloraba por su madre, y eso me produjo una extraña satisfacción. Aquella mujer que me recibió me dijo "ya sabes lo que hay que hacer". Con una sola mirada al crío implorante, bajé bruscamente mi cabeza y mis dientes se hundieron en su cuello.
El dulce sabor de su sangre pasando por mis labios me hizo sentir completamente en paz. Aquella bebida resultó ser uno de los más preciados tesoros que jamás había tocado, pero duró poco. Al pasar unos cuantos minutos, cayó muerto como una marioneta. Comprendí entonces que aquella mujer guiaría mis pasos a través de los días. Entendí que la amaría con locura, incluso cuando ese sentimiento estaba negado a los de mi clase. Levanté mi vista, pateé al cadáver con cara de susto, y tomé su brazo. “Voy a llamarte Jean-Pierre. Y yo, Andrómeda”. Abrió entonces la puerta y salimos hacia la noche expectante.

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